Para San Agustín, el tiempo es un punto fugaz entre el pasado y el futuro que no existe. En la música, ese punto que viaja a la velocidad del sonido se vuelve tan fugaz como eterno. La música es ese siempre presente sostenido en las diversas memorias, cada una con una velocidad y un espesor distintos. La memoria inmediatísima, aquella del sonido que se acaba de escuchar y que todavía está, hasta llegar a la memoria larga: el reflejo que sigue resonando a lo largo de los siglos. La polifonía de memorias es lo que construye este concepto rarísimo, casi loco: la música. El presente, ese punto fugaz, es una herramienta, una inflexión, un banquito en el largo camino, que sostiene las grandes construcciones de la memoria y de la anticipación.
Hace casi veinte años, El cuarteto Zephyr, en Amsterdam, tocó la obra de Radulescu: before the universe was born. Radulescu estaba en el concierto. Después del concierto nos fuimos a tomar unas cervezas a un bar cercano donde tuve la oportunidad de conversar con él sobre su obra, partitura en mano. Y allí, entre el ruido del bar y su evidente incomodidad social, encontramos el gran alivio de la charla musical. En un estilo cascarrabias y áspero, Radulescu refunfuñaba sobre el concepto de "premonición" en la música. Un concepto leve y abstracto, casi esotérico, evaporado de ese niño grande malhumorado.
En música se habla de "anticipación", algo muy diferente de la premonición de Radulescu, un concepto que encierra el asombro por lo por venir con frescura, y no la entrega en cuotas de un material ya decidido. Si la memoria es cóncava, la premonición es convexa, un guante dado vuelta en el tiempo de lo que hipotéticamente fué pero es ahora, y de lo por venir que ya había venido.
También conversabamos con él sobre un armónico 43 en el cello, magistralmente ejecutado por John Addison; un armónico tan inasible como preciso cuando se lo encuentra, rescatado de la nada misma como un error entre tanta fragilidad. El armónico 43 me recuerda a ese punto fugaz de San Agustín, que cristaliza la eternidad de una obra, memoria y premonición, en esa flecha del tiempo que ahora, mientras recuerdo e invento un poco el pasado, está detenida en el limbo, ahí, para siempre. Un momento congelado, a pesar de que Radulescu ya no está, y de que yo, y todos ustedes, eventualmente tampoco estaremos.
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