Como compositora, llevo en mis hombros una tradición de siglos, desde el canto gregoriano hasta todas y cada una de las instancias de la historia de la música académica que me formaron desde niña. Y desde ese legado, muchas veces apolillado y decadente, una construye narrativas entrelazando la biografía y los deseos. ¿Cómo la forma sonata o la música de la Viena de posguerra se han entrelazado con esta mujer argentina, de herencia ítalo-hispana, crecida en el conurbano bonaerense? Algo pasó para que la alumna de la Escuela 37 de Temperley haya dedicado su vida a los lenguajes abstractos?
¿Cómo se explica la sinceridad del lenguaje con todo este cúmulo de influencias y su legitimidad? Tal vez sea a través de una obra tan contradictoria como genuina, donde confluyen las vanguardias con la clase media trabajadora devenida universitaria, con pagar la renta a fin de mes y con la primera vez que, de adolescente, analicé Bach en el conservatorio de Banfield y me quise quedar a vivir ahí. ¡Qué costado agarrará uno de las cosas, y vaya a saber qué se entiende de lo que se ama tanto!
Tal vez esta confluencia de barrio, con vanguardia, con élite musical, se puede explicar a través del misterio. Me dio mucha curiosidad Nono, la primera vez que lo escuché en el Centro Cultural Rojas, de absoluta casualidad, y las películas de Bergman que me mostró mi tía Elisa en Neuquén cuando yo tenía 13 años. Y los actos del colegio, que dejaron una impresión todavía vivída.
La curiosidad es una punta de lanza: una pregunta que se transforma en otra pregunta mayor, y que nunca se resuelve, como el pez grande que se come al chico, pero que es comido, sucesivamente, por peces mayores.




