En este momento, estoy investigando cuestiones en la música que tienen que ver con la disipación de la energía. Me interesan, sobre todo, esos procesos donde la pérdida acústica de la energía es literal. Estoy escribiendo una obra para timbal, con tres spinners sobre el parche, cuya energía establecen la forma de la pieza.
En este contexto, estoy analizando la obra in vain del compositor austríaco Georg Friedrich Haas. La obra comienza con una serie de arpegios y escalas siempre descendentes, una escalera que baja constantemente, como un Escher en perpetuo movimiento congelado.
Estos motivos descendentes, casi idénticos, pero siempre distintos, comienzan a saturar la obra. De la curiosidad inicial, pasamos al aburrimiento y del aburrimiento, a la hipnosis y a la fascinación. En mi escucha, esos gestos descendentes, limados por la repetición, comienzan paulatinamente a perder el componente escalar y a convertirse en impulsos de energía, como mis spinners.
Analizar la estructura de estos impulsos en la partitura se asemeja a mirar a un gato que juega con un ovillo de lana, repitiendo un gesto, una y otra vez. El patrón nunca es idéntico, es siempre un poco igual y siempre un poco diferente. El gato en su actividad se transforma en un repertorio que refuerzan un contorno formado por todas las versiones del gesto.
El ritmo y la altura de los patrones en la obra de Haas están tratados de manera análoga: son comportamientos que se repiten casi idénticos, pero nunca completamente iguales. Estos gestos descendentes, se despliegan en las líneas individuales, replegándose sobre sí mismos, o entre distintos instrumentos, a la manera de espejos; en distintos registros, en distintos grupos tímbricos, el movimiento siempre está buscando la conexión y la continuidad por medio de la repetición mínimamente variada. Como un tornasol, los motivos pierden una nota y ganan dos, aumentan o disminuyen alguna duración. Acortan, alargan, un poco acá, otro poco allá.
La obra me recuerda los ejercicios de Risset, el eterno bajar, el infinito glissando, aquí en forma de escalones. La estructura rissetiana está multiplicada en los distintos instrumentos del ensamble, como si la pesada piedra de Sísifo descendente se expandiera en mini avalanchas de canto rodado.
El análisis de las notas es tan interesante como in vain. En vano es el cambio mínimo de una altura por otra, la variación en la cantidad de notas de la escala descendente, la frecuencia de aparición de los eventos, la nota de inicio siempre desplazada. Digo en vano, porque el análisis nos pierde en los infinitos detalles, que vistos con perspectiva, conforman un todo más simple y contundente. En concreto, descubrir el algoritmo de la mutación constante es como encontrar el patrón que diferencia las gotas de agua de la lluvia. Ese tipo de algoritmos, en mi fantasía matemática, también mutan constantemente respondiendo a otro algoritmo, invitandonos a atrapar no sus detalles, pero su esencia inquieta. La hiper complejidad nos invita, una vez más, a ver el árbol y no cada hoja.
Los gestos individuales se aunan en un tipo muy específico de energía, en este caso es disipación, desintegración, caída, en un cómo, un cuándo y un territorio, que es la obra. La obra construye laboriosa, con cada una de esas gotas talladas, la experiencia de la lluvia.
Todos los gestos de la primera sección, hasta el compás 75, siguen la misma impronta: bajar y bajar y bajar. Desde acá, desde allá, desde el medio; volviendo a las regiones de inicio una y otra vez; volviendo a puntos cercanos, pero nunca iguales; cayendo a regiones similares pero nunca al mismo lugar; creando trayectorias tan variadas como incansables. Hasta que finalmente la energía se licua en notas largas, y luego en los acordes microtonales plaqué del arpa, que como un trompo que ha perdido toda su energía, da unos tumbos y finalmente descansa.








